Deseo compartir esta historia como reflexión para todos aquellos lectores relacionados con la gestión de Recursos Humanos en las empresas. Una historia una tanto burlesca, alimentada de lo objetivo y lo subjetivo, la realidad y la fantasía.
Quiero antes, contar una anécdota de algo que viví y marcó para siempre mi vida profesional. En una oportunidad estando en un Summit de Desarrollo Organizacional, un expositor preguntó frente a una audiencia de aproximadamente seiscientas personas que trabajaban en Recursos Humanos, cuál era la competencia más importante que debía tener un gerente de RRHH. Instantáneamente llovieron respuestas: Flexibilidad, negociación, impacto, liderazgo, por citar algunas. En medio de aquel bullicio, decidí que yo debía decir algo también, y aunque no es una competencia tipificada, grité lo que siempre he pensado: ¡Buena Gente!
El expositor hizo un alto, y preguntó: ¿quién dijo buena gente? Levanté la mano con la responsabilidad del caso, él me miró fijamente con ojos inquisidores y dijo: “Es exactamente esa: Buena Gente”.
Explicó la importancia del valor de la bondad y la generosidad del los profesionales en manos de los cuáles reside la tranquilidad y la salud física y mental de los trabajadores, explicó los peligros de que un líder de recursos humanos que careciese de este valor, difícil de cuantificar ó medir. Un valor que simplemente se tiene o no se tiene.
Desde hace cinco años cuando me reúno con un profesional de recursos humanos por mero ocio hago esa pregunta, es preocupante el escaso número de profesionales del área que destaca ese valor como importante.
A continuación narraré una historia, que si bien podría ser cierta, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
La Pobre Directora de Recursos Humanos:
Capítulo I
Me habían invitado como consultor a una cena entre gerentes y directivos, hasta ese momento la reunión no había sido más, que un interminable compartir entre compañeros de trabajo, con todos los intríngulis que ello implica: el que se pasó de tragos, fulanita parece que está saliendo con el de finanzas, etc. Contemplaba yo aquel circo empresarial, cuando el Gerente General de la empresa me llamó aparte. ´No quería que por ninguna razón, llegara a los oídos de la Directora de Recursos Humanos el contenido de nuestra conversación. El hombre hablaba tan bajo que tuve que hacer gala de destrezas biónicas para entender la solicitud.
Desde ese momento, supe que el asunto requería algo más que metodología tradicional, pero como soy muy curiosa…decidí meterme en una clase de problema, habría sido mejor unirme a una banda de gansters callejeros.
Quedó claro en la conversación, que él estaba solicitando para su Gerente de Recursos Humanos, un proceso de coaching en vista de que durante los últimos meses otros gerentes y empleados, se habían estado quejando de malos tratos, respuestas inadecuadas, algo de violencia física y alguno que otro accidentillo laboral que no parecía casual sino más bien provocado.
Sin entrar en detalles que no vienen al caso, me tuve que ir al manual de diagnóstico estadístico de trastornos mentales para poder entender y cerciorarme de que todo lo que había escuchado encajaba perfectamente en la descripción de un trastorno tenía un nombre. Dios ¡Que nombre!
De hecho para que la señora en cuestión no sospechara nada, (era evidente que le temían) contrataron el programa de coaching para todo el tren gerencial y así fue como conocí a doña Leonor. Una mujer muy guapa y elegante, no era muy alta pero si muy bien vestida y simétrica. Al entrar me tendió la mano, rápidamente observé su oficina. Sobre su escritorio descansaba: El Príncipe de Maquiavelo, detrás de su silla una pintura con la imagen de la puerta del Infierno de Dante. En la puerta del infierno había una leyenda que decía algo en un idioma no comprensible para mí, halagué la estética de la pintura y le pregunté si sabía la traducción de lo que decía en la puerta y me dijo, allí dice: “Dejad toda esperanza afuera, los que entren aquí”. Tragué grueso y proseguí.
Le pedí que me hablara de su vida, su record profesional, algo de su vida personal, cómo llegó a ser Gerente de Recursos Humanos, entre otros aspectos. Me contó que desde que ingresó en Kinder ella sabía que llegaría a ser Gerente de RRHH, que nunca tuvo esos problemas de desorientación vocacional. Que para el momento estaba sola (39 años), pero que aún esperaba a su príncipe azul. Que su hobbie era cuidar de su físico, iba cuatro veces a la semana: dos horas al gimnasio de la oficina de 3:00am a 5:00 am y a las 5:30 arrancaba actividades de 5:30 a 8:00- “Cuando empieza el fastidio”- palabras textuales, contestaba los correos y a las 8:00 AM, comenzaba reuniones y atención al público, luego de las 5:00pm, volvía a conectarse con el correo y se dedicaba a labores administrativas, casos legales, seguimiento selección y adiestramiento, análisis de la compensación, temas de incremento, pendientes con el sindicato, la fiesta de los niños, las quejas del comedor etc. Eso sí a las 8:00pm se iba a su casa pasara lo que pasara: sus horas de sueño para ella son sagradas y supongo que sí en vista de que trabaja 15 horas al día.
Le pregunté si no había posibilidad de reducir en un par de horas ese horario tan “salvaje”, me miró como quien no comprende lo que se le dice y preferí no insistir, asumí que si se trabaja así, es porque se necesita.
Proseguí con algunas preguntas de corte personal, unas quedaron respondidas y otras no. De repente, ella se levantó de su silla, dio la vuelta al escritorio, se sentó frente a mí, me miró fijamente, y me dijo:
-Ya tienes 45 minutos preguntándome cosas, ahora me toca a mí…
Continuará…
Autor:
Patricia María Escalona Narváez
Edición:
Ana Margarita Escalona
Agradecimientos por aporte creativo:
Yojana Ramírez
¿Para cuando la segunda parte?
ResponderEliminar